Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010.

octubre 7, 2010

Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010.

 

Noé Hernández Cortez

Hace casi veinte años se anunciaba que Octavio Paz era el galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Ahora la Academia Sueca reconoce nuevamente a las letras del orbe hispánico en la figura apasionada de Mario Vargas Llosa. En su discurso de 1990, La búsqueda del presente, Octavio Paz escribía: La búsqueda del presente no es la búsqueda del edén terrestre ni de la eternidad sin fechas: es la búsqueda de la realidad real. Para nosotros, hispanoamericanos, ese presente real no estaba en nuestros países: era el tiempo que vivían los otros, los ingleses, los franceses, los alemanes. El tiempo de Nueva York, París, Londres. Había que salir en su busca y traerlo a nuestras tierras. Al igual que Paz, poeta moderno, Vargas Llosa ha emprendido la empresa intelectual de traer a nuestras tierras la tradición moderna y liberal de Occidente.  

            La modernidad hispánica inicia con la melancolía y la ironía en Don Quijote de la Mancha. Melancolía e ironía que recrea Llosa en su prosa moderna. Prosa ondulante y apasionada que recorre la violencia, el poder y el amor. Su temple liberal arraigado en la sociedad abierta de Karl Popper se puede leer en su apasionante ensayo político, Karl Popper al día. Si, se le debe a Llosa el conocimiento de Popper en América Latina en la tradición de la  imaginación crítica hispánica, en donde confluye la metáfora de la verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón con el rigor lógico del falsacionismo de Karl Popper. Con Paz y Llosa tenemos la exactitud inasible del instante poético y la prosa que expande los mundos.

            En México Vargas Llosa ha publicado en dos revistas de corte liberal, la revista Vuelta de Octavio Paz y Letras Libres de Enrique Krauze. En su sección de extemporáneos en Letras Libres recuerdo la brillante defensa que hace Llosa del escritor francés André Malraux,  a contracorriente de la crítica literaria americana cobijada en la retórica de lo políticamente correcto. En su diálogo con Enrique Krauze, Vargas Llosa reflexiona sobre  la fragilidad democrática en Latinoamérica, Creo que si hay algo que está socavando profundamente los gobiernos democráticos y la cultura democrática en América Latina, es la corrupción. Nada desmoraliza tanto una opinión pública como comprobar que aquellos a quienes ha elegido en comicios libres para ocupar cargos públicos, utilizan esos cargos para traficar y enriquecerse. Llosa ilumina la política de América Latina no sólo señalando sus quiebres institucionales, sino también su mundo de pasiones. Paz y Llosa son aires de libertad en nuestra América.

México, 07.10.10

 

 En documento: Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010                                   

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3 comentarios to “Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010.”

  1. Xavier Says:

    Profesor, pues dos agradecimientos, el primero por su sensibilidad y apoyo en la materia, lamentablemente no pude asistir pues el trabajo aveces me envuelve al 110% y el segudo por compartir tan atinadas palabras dedicadas a la prosa del Maestro Vargas Llosa, excelente artículo.

    Quedo a sus órdenes y le envío un sincero y coordial saludo
    Xavier Alcántara


  2. Muchas gracias por el comentario Xavier. Un placer haber compartido un curso académico contigo. Saludos. Noé Hernández.


  3. José Miguel Pueyo, psicoanalista

    Todo invita a convenir que venía a cuento, sobremanera desde la perspectiva de lo inconsciente, del Otro que nos habita y que determina cuanto pensamos, hacemos y deseamos, que Mario Vargas Llosa le espetara a Liv Ullmann, que su experiencia con ella en un jurado de cine de Berlín fue sencillamente aterradora.
    Los boletines se hacen eco de que ocurrió así en el conocido programa de la televisión estatal sueca Skavlan, nombre del apellido de su popular presentador Fredrik Skavlan. Los transparentes ojos azules de la musa del malogrado director sueco Ingmar Bergman, produjeron la inquietante impresión de salirse de unas fosas ya cuarteadas por la edad, a lo que la momentánea rigidez de un cuerpo voluminoso y contrario a las sinuosas formas de la juventud, no contribuyó a distender los efectos del atrevido comentario. No podía ser de otro modo. En primer lugar en aquella dama de 72 años, mayor en dos que el osado contertulio, cuando el hispano escribidor explicó, con voz profunda y clara, que siendo la actriz presidenta de aquel jurado, impuso reglas tan rígidas para evaluar los filmes, que por un tiempo desapareció para él el encanto de las películas, tanto como para pasar a ocuparse únicamente de la luz, de los efectos especiales, del sonido y de la vestimenta.
    Lo que a todas luces puede considerarse como un descomedimiento tuvo como desencadenante una pregunta de Skavlan, sin duda oportuna, al escritor que estaba a pocas horas de recibir el premio Nobel de Literatura, ¿por qué escribe usted acerca de las dictaduras? Permítame decirle, aclaró Vargas Llosa, que la dictadura de Ullmann en aquel jurado berlinés fue llevadera, pero otras dictaduras me han perturbado siempre, y agregó que por ese motivo escribía de ellas.
    Algo, pues, había perturbado la tranquilidad psíquica del renombrado escritor, un trauma, por consiguiente, funda-mental. ¿Inconfesable?, en modo alguno. Nos encontramos ante un escritor, no de los pequeños, ante esa especie de hombres que, a diferencia del común de los mortales, se caracterizan, como acertadamente advirtió Freud, por decir las cosas por su nombre, por alzarse, también, contra los diques de la represión psíquica que atenazan el decir de la mayoría de las personas. De ahí, cómo no, la aparición en escena, de modo simbólico y sintomático al mismo tiempo, del padre, del genitor del más conocido de los escritores de Arequipa. Dijo Vargas Llosa, y con ello recompuso, quiero pensarlo así, la amistad con Liv Ullmann, que conoció a su padre cuando creía que estaba muerto. Y sin mediar lapsus alguno de tiempo añadió, ante la atónita expresión de quienes esperan un singular desenlace de una ficción verdadera, que su padre le supuso una experiencia realmente aterradora, incomparablemente peor a la que la que vivió en Berlín con su amigable actriz. ¿Qué podía ser aquello tan terrible? Algunos quizá se llevaron las manos a la cabeza al imaginar que se trataba de las atrocidades sexuales perpetradas por curas católicos en niños indefensos de corta edad. No, nada de eso. Para asombro o desazón de algunos y alivio de otros, es escritor sacó a relucir a su madre, a su amantísima madre, y el dolor, también el dolor que le causó su padre al sacarle del paraíso en el que vivió diez años con la que le había dado a la luz.
    Como corresponde a la insistencia del Otro, insistencia que no es sino por la ausencia de análisis, el trauma de Mario Vargas Llosa no podía sino reiterarse en el discurso de aceptación del Nobel de Literatura, reiteración de aquel trauma infantil, de aquella terrorífica experiencia que le condujo, según él mismo enfatizó, a la literatura, siendo este arte el que, también según él, le salvó de la opresión de su padre.
    ¿Qué denuncia la reiteración? Contrariamente a la opinión del ahora más nunca célebre escritor peruano, la reiteración denuncia que la literatura es en muchos casos más bien un paliativo que una solución acorde con lo Real traumático, incluso el sinthome de James Joyce puede pensarse de ese modo; mientras que la separación que ejerce el padre en el alienante paraíso del niño como objeto de la falta que hace deseante al Otro que encarna la madre, lejos de ser patológica, constituye, como es conocido, la condición de la salud psíquica. Así debe acontecer en un tiempo que es el temprano del complejo de Edipo, época en el que la función llamada del padre reclama para bien del sujeto su saludable intervención separadora.


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